Notas a propósito de La Grafa, de Claudia Sobico.

La grafa

 

La ficción es el otro reprimido de la historia.

                Michel de Certeau.

 

 

 

Cuando era chico el peronismo era una entidad parecida a Candyman[1]. Había que cuidarse de mencionarlo seguido, no fuera cosa que apareciera a nuestras espaldas listo para asesinarnos. Todo lo que estuviera ligado a ese imaginario era borrado sin ninguna consideración…Incluso la historia de cada familia trabajadora. Todo esto dicho desde el presente, porque en La Grafa la historia es material y efectiva. La frase de De Certeau resulta maravillosa porque, además de bella, es una gran advertencia: reprime, sí, pero cuidado porque todo lo reprimido regresa. Y sabemos que lo que retorna vuelve más fuerte.

Tal vez nos disguste la idea, pero el obrero peronista es nuestro arquetipo reprimido. Y aquí me tomo  la libertad de utilizar la palabra peronismo en una acepción muy amplia[2]. Sin embargo, ¿por qué una novela? En principio porque el arte cristaliza a través de una forma un estado de relaciones de fuerzas. Forma que no cierra, a pesar de todo, líneas de fuga de lo social. Piglia dice que:

 

Los relatos sociales, la trama de narraciones que circulan, son el contexto mayor de la novela. La novela no hace sino detener ese flujo (…) La novela está siempre en tensión con esa narración social. La escisión entre novela y narración, que plantea Benjamin, debe ser vista ahora como una relación entre la novela y la narración social, los contenidos de esas narraciones y la forma que toman (…) Esta tensión entre lo real y lo que no es, entre discurso de lo posible y su antagónico, propuesto como utopía, como ficción, como ilusión, es la novela. (pp. 62.)[3]

 

De modo que la novela puede ser una solución formal a esas narraciones. A su vez, también es un fragmento que lleva la carga cultural de la tradición en donde fue escrita.

La palabra tradición puede presentar problemas, dado que no nos referimos a la historia literaria de nuestra nación, sino a lo que Williams considera como una “versión del pasado que se pretende conectar con el presente y ratificar. En la práctica, lo que ofrece la tradición es un sentido de predispuesta continuidad”[4] . Y aquí nos apartamos de la forma[5] para entrar en las relaciones dinámicas que implican todas las producciones culturales en tanto tematizaciones discursivas.

Respecto de esto último, el aporte de Williams es esencial dado que contempla la ambivalencia de los elementos dentro de la cultura. Podemos identificar dentro de la novela las nociones de lo arcaico, residual y emergente como tipos de relaciones que se dan entre ellos. Lo arcaico seria lo que es presentado como un pasado acabado, mientras que lo residual, por caso, es algo que ha formado parte del pasado y que aún se encuentra en el presente, pero no de manera cristalizada, sino en conflicto. Lo emergente son las nuevas prácticas y sentidos que continuamente nacen. La condición del trabajador, es un elemento siempre en disputa. Pensemos un contraejemplo: hoy se instala la noción de “emprendedor” como modelo opuesto al trabajador sindicalizado, se presenta como deseable todo aquello que las organizaciones combaten. Pero como todo sentido aceptado esconde una correlación de fuerzas, en donde lo residual tiene su papel. En la novela se narra la vida de una familia obrera, lejos de toda idealización y romanticismo. Es la vida descarnada, con privaciones, miedos y esperanza. El valor heurístico de la literatura se hace presente con toda su fuera en el momento en que empezamos a encontrar respuestas a nuestro presente, sea por la vía de la solución formal o la temática. Y la novela de Sobico da varias pistas.

Habría que aclarar que aquí vamos a leer desde una perspectiva, por así decir, historizante. De este modo, una novela publicada en el año 2015 habla sobre nuestra “historia” (más adelante le quitaremos las comillas a esta palabra) en los años 70. Y el resultado es una mirada que nos hace repensar nuestro presente. Y en este punto, la autora demuestra una gran calidad literaria para contar sobre una familia obrera sin caer en esencialismos de clase.

Cada tanto debemos encontrar pistas que se alejan de los relatos historiográficos. Invariablemente, es en la literatura donde debemos buscar nuestros documentos de identidad, olvidados hace un tiempo en las urgencias presentes.

 

 

 

I

La literatura y la historia

 

 David Rieff es conocido por su perspectiva anti histórica. En un conocido ensayo que se titula Elogio del Olvido[6], propone que para las sociedades la historia se presenta como una obligación moral que la mayoría de las veces provoca más inconvenientes que soluciones. Para las sociedades que hemos sufrido el terrorismo de Estado y la desaparición de personas, semejante proposición provoca un rechazo instintivo. Lo cierto es que el argumento omite diversos niveles. Hay un largo plazo en el que, efectivamente, la historia pasará de tener un componente residual a otro arcaico. Pero en el nivel cultural, la historia de las generaciones anteriores es fundamental para la comprensión del presente y de las identidades. Veamos un fragmento de Rieff:

 

La importancia histórica de un acontecimiento en su época y en las décadas que siguen no da garantía alguna de que será recordado un siglo después, y menos cuando hayan pasado varios siglos. Es evidente que se puede proponer que recordarles a los estadounidenses actuales lo que ocurrió durante la guerra del Rey Felipe podría ser moralmente provechoso. Pero aun en el supuesto de fuera posible, y deseable, hacerlo, en algún momento de la historia incluso los acontecimientos tan terribles como aquel conflicto se olvidarán, aunque solo sea, por decirlo sin ambages, para dejar espacio en la memoria a otros sucesos menos lejanos, tal como los vivos de hoy han de morir tarde o temprano para hacer sitio a los que está aún por nacer. (pp. 32. Op cit.)

 

A lo largo del ensayo, con alguna que otra variación, el argumento que presenta es el mismo. Es evidente que en el término de 500 años un acontecimiento no signifique mucho, pero prueben de utilizarlo con el bombardeo en plaza de mayo o el año 1976. Es claro que hay una omisión en ello: la dimensión del conflicto. Y aquí la literatura es crucial.

Ernesto Goldar, en un conocido ensayo sobre literatura y peronismo[7] propone la siguiente tesis: la historia y la literatura presenta cierta afinidad cuando se preguntan cómo ha sucedido un hecho. Mientras que para la historia sucedió así y por sí, para la literatura sucedió así y precisamente por. Dicho de otra manera: la historia presenta totalidades, mientras que la literatura aporta el juicio del hombre, un ejemplo pedagógico sobre lo que pasó  y podría pasar nuevamente. El aparato cultural ha destinado muchos esfuerzos por moldear nuestro pasado práctico. No recuerdo que en toda mi educación pública y obligatoria se pasara revista a los casos mencionados. Claramente, fue en la literatura en donde encontré testimonios.

En este sentido,  Hayden White[8] nos recuerda que la historia se consagró como disciplina la separarse de la retórico; lo mismo que la literatura. Previo a la separación el objeto del relato histórico proponía la contemplación del pasado como propedéutica para el presente. Tal como lo señala White “el pasado histórico es una construcción de orden teórico, que existe solo en los libros (…) está construido como un fin en sí mismo, posee poco o ningún valor para entender o explicar el presente y no provee ninguna guía para actuar en el presente o prever el futuro”. Exactamente lo mismo que Goldar. De aquí a considerar la ficción literaria como el lado apócrifo de la historia no hay más que un, y sin embargo… es en la ficción en donde se tematizan las preocupaciones prácticas. Vivimos en una sociedad que trata de olvidar activamente su pasado. Desde el poder se propone el futuro como una utopía desvinculada del presente. Constantemente se obtura el sentido crítico.

Posturas como la de Rieff extienden al absurdo el argumento del olvido y dejan de lado la dimensión práctica de la memoria.

 

Lo que traté de decir es que todo será olvidado, y es por eso que para mí es un error capital hablar de la memoria como si fuera moral por definición y el olvido, inmoral por definición. Quería escribir un libro con el proyecto de desacralizar la memoria y terminar con la demonización del olvido. Nunca quise escribir un libro que dijera exactamente lo contrario: mi argumento no es que los que no olvidan el pasado se ven condenados a repetirlo, al revés de lo que sentenció Santayana, sino que cada sociedad tiene un derecho al olvido activo.[9]

 

El olvido sería una terapia de shock para los débiles, aquellos que están condenados en la medida en que no se admite, tal como vimos con Williams, el conflicto de sentido como parte de lo cotidiano.

 

 

II

Nuestra actualidad

 

En la antigüedad clásica, la cuestión de la modernidad se planteaba en términos de una autoridad que se aceptaba os e rechazaba: era el punto de referencia, ¿somos mejores que los antiguos? ¿Estamos en decadencia? Foucault[10] en su artículo ¿Qué es la ilustración?, repasa la respuesta kantiana a ese problema. Interesan dos cosas de esto: primero, Kant propone a la Ilustración como el abandono de un estado de minoridad en la medida en que podemos (es decir, debemos) hacer uso de nuestra propia razón para darnos nuestra propia constitución política; segundo, Foucault retoma el entusiasmo de Kant por la Revolución Francesa. Dicho acontecimiento, marca la condición moderna en la medida en que permite pensar nuestra actualidad permanentemente, en la medida en que la revolución tiene valor de signo. Debemos entender ese valor de signo como pronóstico, como una señal que marca el progreso de la sociedad en la medida que indica un camino y un cambio que no admiten un retorno al punto anterior. Dice Foucault:

 

La revolución como espectáculo, y no como gesticulación, como foco de entusiasmo para los que asisten a ella, y no como principio de conmoción para los que participan en ella, es un “signum rememorativum”, porque revela esa disposición presente desde el origen; es un “signum demostrativum” porque muestra la eficacia presente de esa disposición; y es también un “signum pronosticum” porque si bien hay resultados de la revolución que pueden volver a ser cuestionados, no se puede olvidar la disposición que se ha revelado a través de ella. (pp. 78. Op. Cit)

 

Como se puede sospechar a esta altura, nuestro acontecimiento fue la irrupción del peronismo. A partir de ese punto, no hay (no puede haber) en nuestra actualidad otro acontecimiento que vuelva constantemente sobre nuestro presente. Desde entonces, cada acontecimiento es revisado a la luz de la transformación de ese período. Sobre todo, en la clase trabajadora que alcanzó conquistas sindicales que hoy corren riesgo.

Como sabemos, a partir del año 1955 se inicia un proceso de proscripción que dura dieciocho años. Durante ese lapso, el movimiento sindical argentino fue el responsable de organizar la resistencia frente al revanchismo de clase y constituye claramente su mejor signum pronosticum. El historiador Daniel James señala[11]:

 

El peronismo no significó sólo salarios más altos: su significado histórico para los trabajadores fue encarnado también por una visión política que ampliaba el significado del concepto de ciudadanía, así como las relaciones entre los trabajadores y el Estado, e incluía un componente social “herético”, que se hacía eco de las exigencias, formuladas por los trabajadores, de mayor estatus social y dignidad dentro y fuera del sitio de trabajo, y que finalmente negaba las pretensiones sociales y culturales de la elite. (Op. Cit. Pp 347)

 

Evidentemente, a pesar de las consideraciones de Rieff, la memoria juega fuerte en la constitución de una comunidad política. Es imposible pensar nuestra actualidad sin pensar en los acontecimientos que dieron pie a los sentidos que nos marcaron.

 

 

III

La literatura como pasado práctico

 

Nuestro punto de partida es intentar remarcar la experiencia de la clase trabajadora moldeada por el peronismo y las organizaciones sindicales. De hecho, esos restos son lo que más destacamos de la nouvelle. Y por un doble movimiento: el de la persistencia en la memoria del narrador y el de su actualidad para nosotros. Esos elementos nos servirán para tender un puente entre el pasado afectivo, la ficción y la historia. Hay elementos residuales que aún son activos y todavía perviven. Sostenemos que están presentes en La Grafa, y que situados en un pasado común se vuelven al presente a través de la evocación. La lectura de la nouvelle activa y pone en relación esos signos en el presente.

La Grafa fue editada en el año 2015. Justo antes de que volviéramos a un gobierno de corte antipopular. Casualidades aparte, es una nouvelle brillante, escrita con un lenguaje directo y conciso. Desde los aspectos formales hay que destacar la construcción fragmentada del relato: trazada en capítulos breves, una niña cuenta la vida de una familia obrera en situaciones mínimas. No es un relato que hable sobre lo que una clase piensa o sobre un punto de vista acerca de ella. Al contrario, es la reconstrucción de un mundo que asiste a la suerte que le toca.

El valor heurístico de esos fragmentos que pasan desapercibidos son los que nos indican la manera en que la historia y la ficción modelan nuestra comprensión de lo que hemos llamado nuestro pasado práctico. Haremos un recorte en cuatro elementos que aparecen en la nouvelle: la ambivalencia del padre de familia; los beneficios sindicales; el riesgo político y lo cotidiano.

La ambivalencia: hay una imagen que propone a los trabajadores como si fuera una entidad homogénea, sin contradicciones. Sin embargo, como comenta Claude Lefort:

Un proletario no es automáticamente revolucionario. En la mediad en que su situación objetiva lo ata a una colectividad organizada, trata de pensar en su propia liberación en el contexto de una liberación social general. Pero como individuo el trabajador puede rehusarse en cualquier momento a asumir el destino de su clase y tratar de encontrar una solución individual de sus problemas.[12]

 

Uno de los merito más sobresalientes de la nouvelle es presentar a los trabajadores en sus propias ambivalencias. El padre de la narradora rara vez habla bien del gremio o está de acuerdo con sus posturas políticas.

—Decime una cosa, che ¿tu marido  qué va a hacer  esta huelga, lo de siempre? (LG. pp. 13).

 

Aunque en la nouvelle no se aclara, se intuye que el contexto se sitúa a mediado de los años 70. En todo caso, el punto exacto está cifrado, pero esa elisión que favorece el relato no impide la comprensión de lo que dicen los personajes y el conflicto sindical que atraviesa. Como sea, es un contexto de intensas luchas gremiales frente a un plan que desprotegía la industria nacional, y que además desapareció a miles de delegados de planta, se hace presente en toda su densidad a partir del rechazo de la política.

 

Cuando volvemos veo una V con una P arriba, pintadas con azul en la pared de la esquina, paro así, una P arriba de una V no entiendo. Le preguntó a mamá y se fastidia, me dice que me calle, que me explica cuando lleguemos a casa. Mira para atrás.  Se apura. (LG. pp. 13).

 

Inmediatamente después de esa línea de diálogo, aparece este fragmento que es una de las primeras pistas que da el relato. Más adelante sigue la voz del padre.

No es mi lucha. No voy a pelear una lucha que no es mía. A mí nadie me lleva de las narices. (LG. pp. 19)[13]

El primer comentario que vemos en la voz del padre es un rechazo a una posición gremial.

 

Son todas mentiras. Los que están son unos tránsfugas. Se reparten la manteca, ¿o vos te creés que luchan por ideales? A esos ya los mataron (LG. pp. 27).

Los compañeros muertos. Los que sabían lo que eran los ideales no están. Entonces,  no vale la pena intentarlo o confiar. No asumimos un juicio de valor, señalamos cómo se vivencia un conflicto serio en la planta.

 

No me van a cagar. No me voy a cagar por un par de piñas. Hijos de puta. Son una manga de vagos. Yo sé quiénes son, tienen el pan asegurado. Si yo no cobro, acá no come nadie. Vos lo sabés (LG pp. 30).

Aquí se puede observar la división dentro de la planta. La sospecha frente al accionar de algunos compañeros. Incluso se habla de la coacción que sufre por no plegarse.

 

Se arreglan entre ellos y nosotros quedamos en el medio. No les voy a hacer el caldo gordo. Hay que comprarles zapatillas a los chicos. (LG. pp. 39)

 

Es sumamente efectivo el comentario final de este párrafo. El corte que establece entre una situación y otra.

 

Están tomando gente. No tomaron muchachos, tomaron todos grandes, padres de familia. No son ningunos boludos, saben que a nosotros nos tienen agarrados de las pelotas (LG. pp. 61)

 

La voz del padre aparece fragmentada. En incisos breves, de la misma manera en que un niño escucha las conversaciones de los adultos.

 

No les creo. No les importa el obrero. Se llenas la boca y los bolsillos y se van a la mierda. Mi vida está acá, entre estas cuatro paredes. Quiero seguir comprando ladrillos (LG. pp.63).

 

En este párrafo y el anterior aparece la vida cotidiana como lugar seguro, separado de los conflictos propios del espacio público. Para el padre, por fuera del hogar no hay una vida agradable.

 

¿Tengo que sentir vergüenza, carajo? Soy un burro de trabajo. Es lo que me enseñó mi viejo. Es lo único que sé hacer. Yo no sé pelear de otra manera. Es lo que les voy a enseñar a ellos (LG. pp. 70)

 

Otra vez el rechazo. La decisión de no participar en una acción colectiva. La presión frente a una situación traumática que no tiene una sola salida. Menos en un contexto represivo. Tal como lo comentamos más arriba, una clase no cumple un papel, sino que atraviesa procesos, que nunca está cerrados.

 

¿Qué yo no lucho? Yo soy el héroe acá. Pero a mí nadie me ve (LG. pp.96)[14]

 

En este punto la separación del individuo de un grupo de referencia es el pinto en donde termina la voz del padre.

 

El sindicato: el modelo sindical argentino tiene un componente de protección social muy amplio. Además de plantear la negociación colectiva y trabajar por la ampliación de los derechos de los trabajadores, también se ocupaba de la ampliación de derechos sociales. En el relato podemos observar fragmentos de ese mundo.

 

Ayer papá fue a la proveeduría de su trabajo. No es como el almacén del Tano. No comprás lo que querés ahí. No hay de todo, hay algunas cosas. Cosas que venden en ese lugar y se lo dan a papá más barato porque trabaja ahí. Le dan una lista y mamá marca con cruces lo que quiere. Mamá siempre quiere todo. Le gusta tener el aparador lleno. La parte de arriba es para guardar los aceites y las latas, y después papá con la escalera las va bajando. Mamá quiere todo porque que dice si no, después aumenta. Me gusta cuando va porque trae latas de durazno y dulce de batata, y porque mamá se pone contenta y cuenta cuántos acetes tiene y los esconde así papá sigue comprando (LG. pp.18).

 

Aunque hoy en día no se estile tanto este tipo de proveeduría, sin duda fueron una herramienta más para el bienestar de las familias obras. Es un error verlas simplemente como un esto bueno de la patronal. Descontextualizar esto implica perder la visión integral del sindicalismo. Pongo por caso similar a este los bonos para comprar remedios en farmacias sindicales. Obedece a otra lógica, antagónica a la del mercado. Y es brillante como aparece en la nouvelle: bajo la forma de anécdota, no como acontecimiento. Esto significa que eran beneficios naturalizados, no como conquistados. Hay que retener este punto, porque es por donde se cuela mejor el proceso histórico de sedimentación de lo que Williams llama residual.

 

En el trabajo de papá hay colonia de vacaciones. Los papás tienen que anotarnos en diciembre, hay que ir a una revisación médica y nos dan una bolsa de tela grande para la ropa u un número. Las mamas tienen que coserle ese número a toda la ropa para que no se pierda. Nos separan en grupos, cada uno con una señorita y nos llevan a Córdoba en tren (…) Van chicos y chicas de todas las provincias, los que están  muy lejos van en avión. Hay búngalos para dormir con camas dobles (LG. pp. 51).

 

El acceso a las vacaciones pagas fue un salto de clase. Los parques de recreación, hoteles y la posibilidad de viajar constituyeron una marca que sirvió como ligazón de clase. En la voz de la narradora aparece como algo natural, que viene dado en la experiencia de los trabajadores.

 

Papá otra vez trajo entradas para el Italpark, se las regalan en la Grafa pero papá protesta, dice que está mal, que él no quiere más regalos, que lo que tienen que hacer es pagar mejor.

—Nos quieren engrupir con los regalos pero no los sacan de su bolsillos, ¿o vos te pensás que las pagan las entradas?, hacen convenios, Marta.

—Vos estás loco, te merecés que te escuchen, te merecés que no te den nada, pero se joroban mis hijos si te escuchan. ¿En qué lugar te van a dar regalos de navidad para tu esposa, para vos y para tus hijos? ¿Dónde viste que lleven a los hijos de los obreros de vacaciones? Un desagradecido sos.

—Que aumenten los sueldos, Martas, ¡no te das cuenta que te engrupen! A mí que me den la plata, y yo con mi plata hago lo que quiero. Que me paguen más y me voy de vacaciones yo con mis hijos (LG. pp.60).

 

Este párrafo es de los más intensos y profundos. Se la fractura de clase en todo su fulgor. Por un lado los convenios vistos como un complot y, por el otro, el reconocimiento de esas conquistas. El padre desconfía, y por lo tanto niega. Es una de las posibles miradas sobre el gremio; sin embargo, ese es un punto crucial porque incide en  la herramienta que los  trabajadores tienen frente al mercado. Que el padre no pueda salir de su encerrona revive un conflicto que hoy sigue siendo actual: el de la hegemonía de la clase dominante sobre los trabajadores.

 

Cuando papá salió, se puso contento. Empezó a contar historias de sus compañeros de la Grafa. Contó que algunos siempre piden médico y tienen una historia clínica gorda en el consultorio. Papá tiene tres hojitas nada más. La doctora le dijo una vez que si él decía que estaba enfermo seguro era verdad porque nunca faltaba (LG. pp. 95)

 

Otra vez el empeño en separarse del estereotipo del obrero malo. En todas las ocasiones, el padre de familia reniega de los compañeros de planta. Por último, un fragmento de gran potencia, en donde se observa cómo, a pesar de todo, se filtran discursos a la mirada de la narradora.

 

—Mamá, ¿qué es un carnero?

—Nada.

Le pregunté  a la Martita y lo buscó en el diccionario. Es una oveja, como las que están en la cuadra de la feria (LG. pp. 87)

 

 

El riesgo político: a lo largo del relato se percibe, siempre, una amenaza velada, que pesa sobre los espacios cotidianos. Una manera de conjurarla es negándola, otra callando. Rara vez, en la familia de la narradora, es plena esta amenaza.

 

Cada tanto vamos a la casa de la paralítica. Se llama María, pero mamá le dice la paralítica de la vuelta. No me gusta ir, me aburro y no me gusta darle un beso porque tiene olor a remedio. Mamá cuenta que de joven era peronista, que se metía en cosas raras y que un día vino la policía montada y el pegaron un tiro, por eso quedó así postrada en una silla de ruedas. Y la sacó barata, dice (LG. pp.26).

 

Podemos suponer que la paralítica fue amiga de la madre en su juventud. El peronismo aparece como un estigma que espanta. Pero a pesar de todo, la madre la visita. El tiro pudo llegar de una de las muchas represiones que sufrieron los trabajadores durante los años de proscripción. Pero remarcamos la ajenidad con la que aparece en la experiencia de la narradora la política.

 

La tía Nena viene seguido a tomar mate a la mañana.

—¿Te acordás de mi primo Ricardo? Se tuvo que ir. No la estaba pasando bien. Se fue con la familia y no dijo a dónde.

Cuando papá llegó del trabajo, mamá le contó:

—Tu primo, el militar, dice tu hermana que se fue, que anda en problemas. Está loca tu hermana, yo no sé de dónde saca tantas cosas, dice que abajo del hospital agarran gente (LG. pp. 38)

 

Los rumores de las detenciones ilegales se cuelan de a poco. Pero siempre como algo ajeno a la suerte de los personajes. En una especie de apropiación del “algo habrán hecho”. En todo caso, en ningún momento esos relatos que circulan se ligan con la política y los sindicatos de manera efectiva para ellos.

Por un pelito se salvó. Tuvo suerte porque no lo vieron cuando se tiró de la camioneta, lo podían haber matado ahí en ese momento (…) el suegro sabía cosas porque tenía conocidos, no como nosotros que no sabíamos nada, uno escuchaba comentarios nada más. El suegro le dijo que con todo lo que estaba pasando no se podía hacer el loco (…) Casi no cuenta el cuento (LG. pp.55).

 

Lo cotidiano: el mundo de la Grafa es compacto y preciso. Lo primero que aparece son las relaciones familiares: los tíos y los abuelos, un poco más lejos el mundo del trabajo y la política. Incluso en términos de espacios se puede delimitar una geografía determinada por las relaciones antes que por las diferencias. Richard Hoggart[15] retoma la distinción Ellos/nosotros para definir la pertenencia a un grupo. Sin embargo, la barra que separa no es necesariamente esencialista.

 

El mundo de “ellos” es el de los jefes, sean estos individuos del ámbito privado o, como suele ser el caso más corriente en la actualidad, los empleados públicos. “Ellos” pueden ser, según la ocasión, cualquier persona cuya clase social no sea la de los pocos individuos a los que la clase trabajadora reconoce como tales. Un médico que muestre dedicación por los pacientes no será uno de “ellos” en tanto médico; en cambio, en tanto seres sociales, él y su esposa sí serán “ellos”. (Op. Cit. Pp. 95)

 

El conjunto coral que integra la clase trabajadora no depende, en el caso de la niña que narra, sólo de su nivel de inserción laboral. Hay tío que viajó a Europa y tienen cuadros en la casa. Otros, no siquiera baño. Pero siempre los une una red de lazos que los protege de los “ellos” que están afuera.

 

A la abuela le presté mi cama. Mamá dice que es por un tiempo nada más. Es raro tenerla en casa, y es lindo. Mamá no la deja salir mucho al patio para que no tome frío. La abuela sale igual, dice que no quiere que la traten como nena y que no le gusta molestar (LG. pp. 12)

 

La nouvelle comienza con el traslado de la abuela a la casa de la hija. La abuela es, también, la que critica al yerno por no participar en las huelgas.

 

Mamá nos viste lindas, nos peina y nos lleva a lo de la tía Susi. Vamos caminando, son veinticinco cuadras. Vamos caminando porque el colectivo no nos conviene. Ocho cuadras para tomar el 161 y después cuando bajamos otras diez, así que directamente vamos caminando. Hacemos unas cuadras de más para no meternos en la villa (LG. pp. 20)

 

A pesar de todo, siempre hay delimitaciones hacia dentro en las clases subordinadas. La villa aparece como un territorio peligroso ajeno.

 

La casa del tío Jorge es rara. Entrás por la cocina, después pasás al comedor pero también están las camas y a la vueltita, sin puerta, está la del tío y de la tía (LG. pp. 34)

 

Sin embargo, el tío que visitan pertenece, al menos espacialmente, a la villa. De modo que en este caso, la clase es filtrada por las relaciones primarias y no por la condición trabajadora.

 

Hacía mucho que no íbamos al departamento, ya no me acordaba cómo era. En el living tienen dos sillones, una mesa de madera oscura muy grande y brillosa, una araña con muchos vidrios chiquitos que parecen lágrimas y muchos cuadros. La tía dice que son láminas de artistas conocidos, que prefiere láminas de pintores famosos en vez de cuadros de un cualquiera. La tía se acordó de la época cuando viajaba a Europa y empezó a contar de cuándo compró una lámina o la otra (LG. pp73)

Otro caso: el tío Reynaldo vive en Caballito, en un departamento. Pertenece al “nosotros”. Sin embargo, se observa que la inserción en ese nivel no es la de origen. Hay un detalle respecto de los cuadros: la tía no quiere tener el de un “cualquiera”, sino de un pintor conocido. Aquí lo que está en juego es la apropiación de un capital simbólico, pero, como diría Bourdieu, en estado objetivado. Es un bien que reconocen como “culto”, pero no por una disposición incorporada por educación. Es el reconocimiento de la cultura oficial como deseable frente a la propia. Es un párrafo sumamente interesante porque es una pista de cómo se dan divisiones complejas  hacia adentro de la clase trabajadora.

 

El abuelo Juan también hizo nuestra casa, por eso mama y papá la cuidan tanto y le tienen tanto cariño. Dicen que el barrio es feo pero que la casa es buenísima, que no la venden ni loco porque los cimientos que tiene nuestra casa no los tiene ninguna otra (LG. pp. 108)

 

Sin embargo, no hay un rechazo hacia la condición trabajadora. El último párrafo de la nouvelle es de una luminosidad tal que merece ser destacado.

 

IV

Cierre

Comenzamos este trabajo con la idea de que la ficción es lo otro reprimido de la historia. Sin embargo, la provocación de De Certeau no llevó a indagar el valor heurístico de la literatura, en especial cuando se mete de lleno con los restos de un pasado reprimido muchas veces y otras, sencillamente, negado. La historia coral que se narra en La Grafa posee un valor esencial para recuperar el porqué de ciertos interrogantes presentes. El valor de sindicalismo en argentina, por ejemplo, es una. Otra podría ser cómo establecer una continuidad entre ese pasado cercano y el nuestro. Para esto último decidimos leerla a partir de cuatro líneas de fuga: la ambivalencia, el riesgo político, el sindicato y lo cotidiano.

Nuestra actualidad sigue (y seguirá) atada a nuestra condición de trabajadores. La cultura oficial siempre intenta resignificar el pasado. Pero lo reprimido siempre vuelve. La nouvelle La Grafa, además de ser un relato coral brillante, es un documento imprescindible para recuperar un pasado que nos pertenece. El pasado práctico se revela como una propedéutica para el presente. La ficción no se opone a lo verdadero, lo rodea.  Nuestra apuesta es leer los fragmentos que sobreviven y recuperar nuestra identidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Para los que no lo conocen, Candyman es una película que relata la venganza de un esclavo negro ahorcado injustamente. Convertido en mito, vuelve del más allá cada vez que alguien, frente a un espejo, dice su nombre cinco veces.

[2] Algún compañero me dirá, y con razón, que el peronismo no es un sentimiento sino un cuerpo doctrinario.

[3] R. Piglia. Las tres Vanguardias. Ed. Eterna Cadencia, 2016.

[4] R. Williams. Marxismo y Literatura. Ed. Las Cuarentas, 2009. Pp. 138.

[5] Ver:

https://desclusion.wordpress.com/2016/02/22/notas-sobre-la-nouvelle/

 

[6] D. Rieff. Elogio del olvido. Ed. Debate, 2017.

[7] E. Goldar. El peronismo en la literatura argentina. Ed. Freeland, 1971.

[8] Tozzi, V. y Lavagnino, N. Hayden White, la escritura del pasado y el futuro de la historiografía.Ed. Untref, 2012.

[9] Fuente:  https://www.infobae.com/cultura/2017/08/18/david-rieff-la-memoria-colectiva-es-un-acto-politico-que-se-sirve-de-la-historia-pero-sin-autocritica/

[10] M. Foucault. ¿Qué es la Ilustración?. Ed. La Piqueta, 1996.

[11] D. James. Resistencia e integración. Ed. Siglo Veintiuno, 2010.

[12] Citado en Daniel James, Op. Cit. Pp. 343.

[13] De ahora en adelante citaremos La Grafa como LG, seguido de la página. Para este artículo utilizamos la edición de Alto Pogo, 2015.

[14] Por estos días, el gobierno de Macri despide gente a mansalva y sin criterio. Por si hiciera falta ver la continuidad en nuestra cultura política, dejamos el video de unamujer con 22 años de servicios en la agencia Télam, en donde dice que voto al gobierno y que nunca hizo para. Por supuesto, también fue despedida.

https://www.youtube.com/watch?v=GoU-ChYE2TY

 

[15] La cultura obrera en la sociedad de masas, Ed. Siglo XXI.

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